Brasil. Lecciones que debemos aprender. Confía en tus propias fuerzas

El golpe de estado parlamentario instrumentado en Brasil contra el gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) encabezado por Dilma -continuidad del proceso iniciado por el dirigente obrero y ex presidente Lula-, deja varias lecciones para el resto de pueblos de América Latina, que han decidido avanzar en el camino de las transformaciones sociales profundas, la defensa de su soberanía, sus recursos naturales y una marcada independencia de factores de poder externo en la toma de decisiones.

El caso de Brasil no es el primero ni el único, pero como señalaba ayer mismo el presidente Nicolas Maduro, “ lo que pasó en Brasil no es cualquier cosa”; si el imperio y sus cómplices locales se atreven con el país mas poderoso de América Latina, la señal es clara en el sentido que van seriamente a intentar la recuperación de cada rincón de lo que consideran les ha sido arrebatado en un “descuido” de poco más de diez años, en los que el guerrerismo de Washington decidió centrarse en la apropiación de recursos energéticos y minerales en regiones como el Medio Oriente y partes del norte de Africa y Asia.

Destruida la mayoría de países en los que fue incursionando con su plan de batalla (Irak, Libia, Yemen, Afganistan, Siria), y dejando a Israel como gendarme en el medio oriente, los halcones de Washington y el capital especulativo y carroñero de Wall Street pasaron a la acción en “su viejo patio trasero”.

Ese enorme conglomerado global de intereses económicos, ya recuperado de su crisis de la primera década del siglo, decidió echar mano de las oligarquías locales y los grandes grupos económicos, que habían sido desplazados de las areas cruciales de toma de decisión en varios países del continente desde la irrupción de la revolución bolivariana, para intentar recuperar no los países sino los mercados y los recursos, pues eso es lo que nuestros países representan para esos enormes poderes económicos multinacionales.

Desde la derrota del ALCA en Mar del Plata, y la consecuente retirada de las corrientes neoliberales en importantes puntos del continente, la estrategia de las fuerzas conservadoras locales fue la resistencia a los cambios propuestos, la lucha por decirlo de alguna manera, entró para ellos en una etapa de resistencia activa; agazapados en las grandes centrales empresariales, en algunos debilitados y desprestigiados partidos conservadores y en las maniobras de sabotaje a las economías (fuga de capitales, desinversión, obstaculización parlamentaria a la obtención de recursos, etc.), destinadas todas a entorpecer y ralentizar el progreso de los incipientes cambios estructurales promovidos por los gobiernos de nuevo tipo que fueron surgiendo en la región.

Cada país tuvo su versión pero, en la mayoría, las fuerzas de la derecha buscaron asegurar al menos tres de cuatro poderes, en sus manos: el poder mediático a través de grupos oligopólicos a su servicio o de su propiedad, el control sobre el poder judicial, el parlamentario y el poder económico, en base al cual generar desestabilización, desabastecimiento, alza de precios, según fuera el caso.

El objetivo general se puede resumir en el concepto de la restauración neoliberal, que había arrasado el continente desde los años 80 y 90 del siglo anterior. El objetivo específico en cada caso era recuperar el control de la administración del Estado, recuperar el control de los gobiernos nacionales.

Frente a la resistencia popular a esas maniobras, la estrategia fue desinformar, confundir y tergiversar la realidad a través de sus medios, a la vez que fomentaron y financiaron diversas iniciativas de “organización de la sociedad civil” que les diera un tinte de “legitimidad” o un supuesto “apoyo popular”, que sus medios se encargaron de difundir lo más que pudieron.

En los casos donde la correlación de fuerzas lo permitió, el golpe de estado violento y hasta cierto punto clásico, fue el recurso mas directo para interrumpir procesos legítimamente democráticos, aunque cabe destacar que estas experiencias incluyen ya los elementos básicos de la nueva estrategia de utilización del barniz institucional para disfrazr el golpe (Honduras, Paraguay).

En el resto, aunque hubo intentos (Venezuela 2002, Bolivia, 2008, Ecuador, 2010) los mismos fracasaron y obligaron a las fuerzas reaccionarias a buscar mayor financiamiento, y organizar mejor las tácticas de desgaste, tanto parlamentaria como judicial, o a través de la violencia en las calles de grandes centros urbanos. Esto permitía a los grandes grupos internacionales de poder mediático proyectar en el mundo las imágenes de países en agitación popular, represión gubernamental, violencia incontrolada, etc.

Desde el poder judicial o el parlamento (según fuera el caso, o combinando ambos) se inició otra línea de ataque hacia gobiernos progresistas: la “lucha contra la corrupción”, la demanda por niveles de transparencia jamás exigidos antes y, finalmente, el cuestionamiento de la institucionalidad y capacidad del Estado, lo que dio paso a las demandas de intervención extranjera directa por vía de las comisiones contra la impunidad.

Argentina, Brasil y Venezuela, son casos emblemáticos de algunas de estas expresiones de tácticas utilizadas por las fuerzas de la restauración neoliberal.

Guatemala y Honduras, sin tratarse ya de gobiernos de izquierda, representan sin embargo, experimentos que permitieron a estos sectores neoliberales, desplazar del poder a otras fuerzas de derecha, con otros intereses económicos (narcotráfico, comercio de armas y personas, mafias internacionales, etc.).

El caso Brasil

A menos de 24 horas de consumado el golpe de estado parlamentario-judicial-mediático contra Dilma, las primeras medidas de un supuesto presidente transitorio, en tanto se dirime el juicio contra la presidente legítima, las medidas anunciadas por este muestran los mismos signos que ya había enseñado Macri en Argentina.

No actúa como un “presidente de paso”; lejos de ello, parece clara la intencionalidad de avanzar todo lo que se pueda, lo más rápidamente posible, con una aplanadora de medidas y decretos que arrasen con los avances sociales conquistados por casi dos décadas de gobiernos de izquierda. Cambia todo el gabinete y coloca en puestos claves a persoanjes directamente asociados a Wall Street; Goldman Saachs, la multinacional de la publicidad acusada de financiar las marchas y movilizaciones de la derecha exigiendo la remoción de Rousseff, se asegura en este gabinete un “bien merecido” reconocimiento y así, coloca en economía a sus piezas clave.

Esta es una importante lección para las izquierdas gobernantes y bajo amenaza en el continente. La derecha no duda en su accionar: una vez que puso un pedacito de pie en la puerta ya no dejará que se cierre, o hará todos los esfuerzos para que así sea; esto es, no pierde tiempo, avanza, destruye, como siguiendo la táctica nazi del blietzkrieg o guerra relámpago. Ya no se trata de matar al enemigo y destruir sus casas. Esta vez el enemigo son los gobiernos, los sindicatos, las administraciones, la legislación social, la economía. Las bajas, en cambio, siguen siendo del pueblo.

Arrasar con las pensiones, reducir el estado por vía del despido masivo (generando mayores ejércitos de desempleados, equivalente a más mano de obra barata), rebajar impuestos a las grandes empresas y al sector golpista como pago a sus servicios, minimizar los “gastos” en educación y salud pública, con vías a su privatización, a la vez que se incrementa inversión en seguridad, se ofrece garantías de pago a los organismos multilaterales y se afianza el control particular sobre recursos naturales estatales, que pasan gradualmente a grupos privados nacionales e internacionales.

Esto no es ciencia ficción. Lo hizo Macri desde el minuto uno de su gobierno, mientras en su discurso seguía hablando de la “protección social” de continuar con lo bueno y descartar lo malo, etc., etc. Casi calcadas fueron las palabras de ayer del usurpador Temer, intentando calmar los ánimos y hablando de un hipotético “gobierno de salvación nacional”. Pero en su gabinete ya no hay mujeres, todos son hombres blancos y millonarios, de los 22 nuevos ministros, 7 tienen juicios. Entre las primeras medidas de gobierno: extinción de ministerios de Cultura, de Comunicación, de Mujeres, Igualdad racial y DDHH.

Súbitamente los medios de prensa en Brasil ya no hacen mención a la corrupción que poblaba cada jornada sus portadas con títulos en “letra catástrofe”. La manifestaciones que aparecen son las de apoyo a la derecha, mientras que las otras se muestran como “violentas e intolerantes”, además de pequeñas o minoritarias. La prensa pues, inicia también otra fase en este golpe. El de la “consolidación por apariencia de tranquilidad”.

Dolorosa lección para la izquierda, pero muy útil si se aprende de ella: es posible que en cierta medida sea necesario negociar, pactar, buscar acuerdos de nación con fuerzas conservadoras una vez asumido el gobierno por fuerzas progresistas, pero es evidente que eso no detendrá la estrategia, ni tampoco calmará la conspiración gopista de los neoliberales. Su objetivo es uno solo, y cuanto más demore la izquierda en profundizar cambios, lograr que la población participe protagónicamente de ellos, se apropie de conquistas y no de concesiones, menos complicado lo tendrá la derecha para revertirlos en cuanto vea realizados sus planes golpistas. La derecha no duda, la izquierda si.

Finalmente, el efecto desmovilizador que se fue produciendo en Brasil desde la incursión de Lula a la presidencia, fue objetivamente debilitando al partido, que poco a poco pareció haber ido confiando cada vez más en la vía institucional para resolver problemas y contradicciones.

El resultado de la desacumulación está a la vista y viene a demostrar que solo la lucha parlamentaria, o el control del Ejecutivo por medio de alianzas con sectores de derecha, no alcanza para garantizar no solo la continuidad, sino sobre todo la profundización de los procesos revolucionarios.

Tampoco parece suficiente avanzar en la lucha contra la pobreza si esta no va acompañada de concientización popular en defensa de lo suyo, de lo conquistado pero, sobre todo, de la permanente y conciente identificación del enemigo. Es decir, de aquellas fuerzas político-económicas que si recuperan sus antiguas posiciones no dudarán un segundo en arrebatar toda conquista, como lo han demostrado en reiteradas ocasiones (el caso de Macri en Argentina es emblemático, pero también en El Salvador ya hemos visto lo que hace ARENA en las alcaldías, cuando llega y arrasa con empleados de anteriores administraciones, en especial si son ganadas al FMLN; el caso de la actual alcaldia de Santa Tecla y el trato ofrecido a veteranos de guerra, a vendedoras informales, a comerciantes formales en áreas turísticas, etc., es una muestra gráfica de esta afirmación).

Sin el respaldo del pueblo movilizado, sin una constante y creciente dinámica de participación popular en los asuntos del Estado, la experiencia, financiamiento y capacidad conspirativa de la derecha difícilmente será superada.

Esa lucha, que en Brasil pasa ahora a una nueva fase, muestra también aristas positivas, o al menos potencialmente positivas, si como resultado de la presente crisis el partido promueve y moviliza el accionar de la población en la lucha de calles, en las acciones de huelgas ya no económicas, sino con claros contenidos políticos, de defensa de la democracia popular, y de la lucha contra la corrupción entronada en el parlamento.

Las posibilidades que se abren para Brasil en el terreno de la lucha y organización popular pueden ser valiosas y esenciales para pasar a una etapa superior de conquistas populares. Está en manos del pueblo y del PT, la resolución de este conflicto en uno u otro sentido, pero resulta evidente que la lucha ya no podrá limitarse a la restitución de la presidenta.

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